Cautiverio

 Los vio por primera vez de adolescente algún verano, en uno de sus viajes a la parte antigua del conglomerado de islas. El Doctor, por entonces un joven movido por la curiosidad, llamaba a esa época "la tregua", porque la guerra entre él y su padre cesaba momentáneamente gracias a las vacaciones.

El campo de batalla era su ser. Su cuerpo, devastado por el armamento pesado de un rival más grande. Su ánimo, menguado por la propaganda. Su mente expuesta a la guerra fría.

Descubrió entre largas caminatas que su futuro se desenvolvería lejos de los humanos. Se convencía de salir con cualquier excusa que le sirviera para blindarse de su padre. Así fue conociendo progresivamente todos los caminos que lindaban con la pequeña ciudad. Caminaba por la montaña hasta que el ritmo animal se imponía sobre el ruido del hombre. Los tonos de verde lo convencieron de su devenir, al igual que los tonos del metal y la chapa forjaron a su antecesor. De su hogar atormentado a la fría academia. De ser colonia a independizarse.

Una tarde de verano, caminando por el bosque Malietoa, notó una extraña madriguera entre árboles y se sentó a esperar. Movido por una oscura certeza, detuvo todo movimiento y dejó que la naturaleza respondiera la pregunta que nunca enunció.

Cinco Pelkendrús del tamaño de un niño aparecieron cuando el sol marcó las doce. No pudo imitar su piel plateada ni siquiera en recuerdos. Tomó el encuentro como una señal y siguió volviendo, y así lo hizo por años.

Con aires de proteccionismo, no le dijo a nadie de las mitológicas aves terrestres. Se obnubiló con su luminiscencia, similar a las noctilucas del mar Pacífico, que hacen brillar el océano cuando la luna oscurece. Se convirtió en el primer humano, tal vez en siglos, en atestiguar ese canto gutural y armónico que los brujos dicen anticipa la tormenta anual.

Dijo que los amaba y comenzó a perseguirlos. De la excusa una cruzada violenta para encerrarlos. Con el título en mano y presupuesto disponible, creó el Instituto de Investigaciones Oníricas y domesticó al último clan de Pelkendrús.

Los estudios arrojaron resultados prometedores para la humanidad y dieron prestigio a su nombre y apellido. Los Pelkendrús, en cautiverio, cambiaron su semblante y su piel se volvió gris. El Doctor no sufrió al comprender lo que había hecho. El consejo de viejos sabios siempre dice que la historia se repite. Él los oye sin escuchar.

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